Martín Rivas

Martín Rivas

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—Estos momentos —dijo a Rivas, dejándole estrechar la mano que le pasó para saludarle— han sido para mí de una inquietud mortal; a cada instante creía oír alguna voz de alarma.

—Vamos, es preciso montar y meternos en ruta —dijo Agustín—; el lugar este, tan cerca de la prisión, no me parece de los más recreativos.

Leonor se sentó en uno de los asientos de atrás del coche y colocó a su lado a Rivas. Agustín se sentó al frente de ellos.

—En un lugar cercano —dijo éste a Martín— tenemos esperándote un mozo con caballos que te servirán mejor para tomar caminos excusados por si les da el capricho de perseguirte.

—Jamás podré pagar los servicios que ustedes me hacen —dijo Martín lleno de reconocimiento.

—¿No hay en ellos algún egoísmo de mi parte, cuando salvándole a usted salvo también mi felicidad amenazada de muerte? —le dijo con voz baja y dulcísima Leonor.

—Vaya —dijo, casi al mismo tiempo, Agustín—, qué dices tú de pagar, querido; somos nosotros los que te estamos pagando lo que te debemos. ¿Te parece poco haberme ahorrado la molestia de tener por cuñado a ese insaciable comedor de pesetas que se llama Amador? Oye, querido, el adagio francés: Un bien fait n’est jamais perdu, ésa es la verdad.


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