MartÃn Rivas
MartÃn Rivas AgustÃn siguió manteniendo la conversación durante el camino, mientras que, escuchándole apenas, Leonor y MartÃn se decÃan en voz baja esas frases cortadas que parecen seguir los latidos del corazón, y que los amantes encuentran mil veces más elocuentes que el más brillante discurso.
Llegado que hubieron a una callejuela solitaria en los suburbios de la población y a inmediaciones de la calle de San Pablo, que lleva al camino de ValparaÃso, el coche se detuvo por orden de AgustÃn.
Los tres bajaron del carruaje, y AgustÃn se dirigió a un hombre que se presentó a caballo tirando otro de la rienda.
—Es preciso que aquà nos separemos —dijo Leonor a Rivas—; escrÃbame usted cada vez que le sea posible. ¿Tendré necesidad de jurarle que pensaré en usted a toda hora?
—No, pero dÃgame otra vez, Leonor, que es verdad cuanto me ha sucedido en estos dÃas; a veces creo que todo ha sido un sueño. Sobre todo ese amor, al que jamás me atrevà a aspirar sino en la soledad de mi corazón.
—Ese amor, MartÃn, es tan verdadero como todo lo demás.
—Y durará siempre, ¿no es verdad? —murmuró el joven estrechando con pasión las manos de Leonor.