MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Será el único de mi vida —dijo ella—. Y no crea que éste sea un juramento vano arrancado por una pasajera afición; no he amado más que a usted en el mundo. ¡Quién me hubiera dicho, cuando llegó usted a casa, que iba a amarle!
—¡Y yo —dijo Rivas—, que la miré a usted como una divinidad! ¡Ah Leonor, qué pequeño me sentà ante la orgullosa altivez de la mirada con que usted contestó a mi saludo!
—¡Y cómo figurarse también —exclamó la niña con el acento alegre de una infantil coqueterÃa— que bajo el exterior de un pobre provinciano se ocultaba el corazón que debÃa avasallarme! MartÃn, usted me ha castigado por mi orgullo, porque le amo ahora demasiado.
Estas últimas palabras fueron pronunciadas con un acento de apasionada melancolÃa, que formó un notable contraste con la viveza infantil de las primeras. —¿Se arrepiente usted de hacerme feliz?— preguntó Rivas.
—Me arrepiento, al contrario, de no haberle dicho antes que le amaba —contestó la niña con la misma melancolÃa.
—¡Qué importa, cuando con estas solas palabras me hace usted olvidar todo lo pasado! —replicó MartÃn.