Martín Rivas

Martín Rivas

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—¿Pronto? Sí, llegará pronto, porque yo no tendré sosiego hasta que consiga el perdón de la sentencia que pesa sobre usted. Felizmente me siento con sobrada fuerza para vencer todos los obstáculos: ni las negativas de mis padres, ni las necias habladurías del mundo me arredrarán. ¿No se tratará de volvernos a ver? Ah, yo tendré fuerzas y valor para todo. ¿No sabe, Martín, que sólo usted hasta hoy ha podido dominar mi voluntad? ¿Sabe usted que ha hecho casi un milagro? Yo misma no lo comprendo; pero conozco que la voluntad de usted será en adelante la mía, que sus deseos serán órdenes para mí y que únicamente me negaría a obedecerle si usted me mandase dejarle de amar.

Rivas bajó del cielo a que esas palabras, dichas con el dulcísimo acento de la mujer enamorada, habían elevado su alma, al oír la voz de Agustín, que se acercó diciéndoles:

—Vamos, Martín, amigo mío, es preciso que terminen los adioses y montes a caballo.

Para hacer esta advertencia, el elegante había fumado la mitad de un cigarro puro, hablando con el de a caballo no lejos del coche y diciéndose de cuando en cuando: «Es preciso ser buen amigo y dejar que se den el último adiós en paz. ¡Cáspita, el pobre muchacho ha sufrido bastante, según creo, para que yo le permita este ligero recreativo!».


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