MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Don Dámaso, su mujer y AgustÃn jugaban al juego francés llamado pacience, que el joven les enseñaba.
Leonor principió a tocar la introducción de un vals después de mostrar a Rivas un asiento muy cerca de ella. El joven la miraba extasiado en su belleza y dudando de la realidad de aquella situación, que no se habÃa atrevido a imaginar un momento antes.
Leonor tocó la introducción y los primeros compases del vals sin dirigirle la palabra. Y cuando MartÃn empezaba a figurarse que era el juguete de un capricho de la niña, ésta fijó en él su mirada altanera.
—¿Usted conoce a Rafael San Luis? —le preguntó.
—SÃ, señorita —contestó Rivas, mirando en esta pregunta la confirmación de las sospechas que le atormentaban.
—¿Le ha hablado a usted de alguien de mi familia? —Volvió a preguntarle Leonor.
—Muy poco, le creo muy reservado —contestó él.
—¿Usted es amigo suyo?
—Muy reciente, le he conocido en el colegio hace pocos dÃas.
—Pero, en fin, usted ha hablado con él.
—Casi todos los dÃas desde que hicimos amistad.
—¿Y nada de particular le ha dicho a usted sobre alguien de mi familia?