Martín Rivas

Martín Rivas

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—Nada. Ah, sí, me preguntó una vez por usted.

Martín añadió la segunda parte de esta contestación con la esperanza de leer en el rostro de la niña la confirmación de la sospecha que aumentaba en su espíritu.

—¿Ah? —Dijo Leonor—. ¿Y nada más?

—Nada más, señorita —contestó el joven, desesperado de la majestuosa impasibilidad de aquel rostro lindísimo.

Leonor siguió tocando algunos instantes sin decir una palabra.

Martín se sentía sofocado, inquieto, descontento ante la arrogancia de aquella niña que sólo se dignaba dirigirle la palabra para hablar de un hombre a quien tal vez amaba. Su amor propio le infundía violentos deseos de poseer una belleza singular, una inmensa fortuna o una celebridad; algo, en fin, que le pusiese a la altura de Leonor, para arrastrar su atención y ocupar su espíritu, que acaso en ese instante se olvidaba de él como de los muebles que había en torno suyo. Humillábale más que nunca su oscuridad y su pobreza, y se sentía capaz de un crimen para ocupar los pensamientos de la niña, aunque fuera con el temor.

Al cabo de cortos momentos, ella le miró de nuevo.


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