Martín Rivas

Martín Rivas

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—Pero, en fin —dijo anudando la conversación interrumpida—, usted debe saber lo que ese joven hace o adónde visita.

—Siento en el alma, señorita, no poder satisfacer la curiosidad que usted me manifiesta —contestó Martín con cierta dureza de acento—. No he recibido de San Luis ninguna confidencia ni sé absolutamente las casas en que visite. Sólo nos vemos en el colegio.

Leonor dejó de tocar, hojeó algunas piezas de música y se levantó.

—¿Ya están ustedes muy diestros en ese juego? —dijo, acercándose a la mesa en que jugaban sus padres y su hermano.

—Tan diestros como yo —dijo Agustín.

Rivas se puso rojo de vergüenza y de despecho. Leonor no le había dirigido ni una sola palabra, ni una sola mirada. Se había retirado como si él no estuviese allí por orden puya.

—¿Usted no entiende este juego? —le preguntó por fin Leonor, como acordándose sólo entonces de que le había dejado junto al piano.

—No, señorita —contestó él.

Y salió al cabo de algunos minutos, que empleó en buscar la manera de hacerlo sin llamar la atención.


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