Martín Rivas
Martín Rivas Martín entró a su cuarto con el corazón despedazado. Su angustia le impedía el explicarse los encontrados y violentos sentimientos que le agitaban. Mudas imprecaciones contra su destino y el orgullo de los ricos, locos proyectos de venganza, un desaliento sin límites al mirar hacia el porvenir, arrebatos de conquistarse un nombre que le atrajese la admiración de todos, mil ideas confusas hiriendo como otros tantos rayos su cerebro, haciendo dilatarse su corazón, agitando la velocidad de su sangre, destrozándole el pecho, arrancándole lágrimas de fuego; he aquí lo que le hacía retorcerse desesperado sobre una silla, mirarse con ojos espantados al espejo; y como un relámpago en medio de una deshecha tempestad, aparecía en su mente a cada instante, y cortando la ilación de sus demás ideas, esta que sus labios no formulaban, pero que hacía estremecérsele el corazón: «¡Ah, y ser tan bella! ¡Tan bella!».