MartÃn Rivas
MartÃn Rivas La calma sobrevino poco a poco, haciéndole pasar a los encantados idilios del amor primero. ¡HabÃa perdonado! Leonor descubrÃa de repente los tesoros de su corazón virgen y fogoso; aceptaba un amor lleno de sumisión y de ternura, ¡se dejaba adorar! MartÃn recorrió asà un mundo fantástico, oyendo la música celestial de un vals a cuyos compases se repetÃan él y Leonor los juramentos para toda la vida, juramentos que ignoran los dÃas de la vejez y piden una tumba para renacer juntos en la mansión de la vida infinita. Vio que puede de repente nacer en el pecho una pasión que pisotea al orgullo, que encuentra en la tierra los elementos de una felicidad reputada como quimérica, y se acostó distraÃdo, olvidándose de la verdad. Mientras Rivas pasaba por esta crisis, en la que al fin se dibujó radiante su amor, como aparece en el fondo de un crisol la plata que la acción del fuego hace desprenderse del metal, Leonor se retiraba con Matilde a un sofá apartado del gran salón en que conversaban algunas visitas.
—Cómo te dije el otro dÃa —principió por decir Leonor, estrechando una mano de su prima—, MartÃn habló en la mesa de Rafael San Luis, a quien yo defendà de los ataques de mi padre.
Matilde apretó la mano de Leonor con reconocimiento, y ésta continuó: