MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Esta tarde llamé a MartÃn junto al piano y le hice varias preguntas sobre San Luis. Es amigo de él, pero de poco tiempo a esta parte. Nada me ha podido informar sobre la vida que lleva, pues Rafael parece no haberle confiado aún ninguna cosa que revele el estado de su corazón; pero te prometo que yo lo averiguaré. Rivas es inteligente, y espero que pronto se captará su entera confianza. Asà sabremos si todavÃa te ama.
Las dos niñas continuaron su conversación hasta que Emilio Mendoza ocupó un asiento al lado de Leonor y comenzó a hablarle de su amor, sin que ella manifestase el menor desagrado ni diese tampoco ninguna contestación propia para alentar las esperanzas de aquel joven.
Al dÃa siguiente MartÃn recibió con frialdad el saludo de su amigo. Éste, que habÃa concebido por él un cariño verdadero, notó al instante su reserva.
—¿Qué tienes? —le preguntó, empleando por primera vez aquel tono familiar—, te veo triste.
MartÃn se sintió desarmado en presencia de la cordialidad que San Luis le manifestaba, cuando le habÃa visto tratar a todos sus condiscÃpulos con la mayor indiferencia. Se hizo, además, la reflexión de que Rafael no tenÃa ninguna culpa de lo que le atormentaba, y tuvo bastante razón para conocer la ridiculez de sus celos. —Es verdad— dijo estrechando la mano que San Luis le habÃa presentado—, anoche sufrà mucho.
—¿Puedo saber la causa? —preguntó Rafael.