MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¿Para qué? —respondió Rivas—. Nada podrÃas hacer para darme la felicidad. —¡Cuidado, MartÃn!, no olvides mi consejo. El amor, para un estudiante pobre, debe ser como la manzana del paraÃso: si lo pruebas te perderás.
—Y ¿qué puedo hacer cuando…?
San Luis no le dejó terminar.
—No quiero saber nada —le dijo—; hay ciertos sentimientos que aumentan en el alma cuando se confÃan, y el amor es uno de ellos. No me digas nada. Pero tengo por ti un verdadero interés y quiero curarte antes que el mal haya echado raÃces. La soledad es un consejero fatal y tú vives muy solo. Es necesario que te distraigas —añadió, viendo que MartÃn se quedaba pensativo—, y yo me encargo de hacerlo. —DifÃcil me parece— dijo MartÃn, que se sentÃa bajo la impresión de la escena de la vÃspera.
—No importa; haremos un ensayo, nada se pierde. Vente a mi casa mañana a las ocho de la noche y te llevaré a ver ciertas gentes que te divertirán.
Los dos amigos se separaron, dirigiéndose MartÃn a casa de don Dámaso.