El Decamerón
El Decamerón —Dianora, no es acto de mujer discreta y honesta escuchar ninguno decesos mensajes; ni poner en juego, con condición alguna, la castidad. Las palabras que los oídos del corazón reciben tienen mucha mayor fuerza que lo que algunos estiman, y casi todo se hace posible para los amantes. Mal hiciste, pues, al escuchar estas cosas y entrar en pactos. Pero como yo conozco la pureza de tu ánimo, para que te desentiendas de la promesa te concederé lo que quizá ninguno te concedería, a lo cual me induce el temor de que el nigromante, si burlases a micer Ansaldo, pudiera darnos que sentir. Quiero, pues, que a Ansaldo vayas y veas modo de que, con buenas palabras, te absuelva de esa promesa, conservando tú la honestidad. Donde no, por esta vez concédele el cuerpo, no el ánimo.
La mujer, oyendo a su marido, lloraba y negábase a aceptar tal gracia de él Pero a Gilberto le plugo que fuese así, a pesar de las negativas de su esposa. Por lo que, a la mañana siguiente, cuando alboreó, sin apenas ornarse, llevando dos criados delante y una camarera a su lado, fue la dama a casa de micer Ansaldo. El cual, cuando supo que allá estaba la mujer, se maravilló mucho y levantóse, y mandando llamar al nigromante, le dijo:
—Quiero que veas el bien que me has hecho conseguir.