El Decamerón
El Decamerón Y yendo al encuentro de ella, sin hacer ostensible ningún desordenado apetito, con gran respeto acogió a la dama y todos entraron en una hermosa estancia con un gran fuego; y haciéndola sentar, le dijo:
—Os ruego, señora, si el largo amor que os he tenido merece alguna recompensa, que no os enfade decirme la razón que os ha hecho venir aquà y con tal compañÃa.
La mujer, avergonzada y casi con lágrimas en los ojos, repuso:
—Señor, ni amor que os tenga, ni promesa que os haya hecho me hacen aquà acudir, sino la orden de mi marido. El cual, pensando más en vuestro desordenado amor que en mi honor ni en el suyo, me ha hecho venir y, por su mandato, dispuesta estoy a complaceros por esta vez.
Si micer Ansaldo se maravillaba, mucho más ahora se comenzó a maravillar. Y, conmovido por la liberalidad de Gilberto, cambió su fervor en compasión, y dijo:
—Señora, no quiera Dios, si es asà como decÃs, que empañe yo el honor de quien de mi amor se complace. Y por eso vuestra estancia aquà será como si de una hermana mÃa se tratase, y cuando os parezca, libremente os podéis partir y daréis a vuestro marido, por su mucha cortesÃa, las gracias que creáis convenientes, y a mà en lo sucesivo tenedme siempre por servidor y hermano.