El Decamerón
El Decamerón —Ya habéis oÃdo, con el relato de mis desventuras, las dos cosas que necesito para recobrar a mi marido. Ninguna persona conozco que pueda hacérmelas conseguir sino vos, si es verdad, según entiendo, que mi esposo el conde ama sumamente a vuestra hija.
La dama dijo:
—No sé, señora, si el conde ama a mi hija, aunque sà que da mucha muestra de ello, mas ¿qué puedo en esto hacer yo?
—Señora —respondió la condesa—, yo os lo diré. Pero antes quiero indicaros el beneficio que tendrá vuestra hija si me servÃs. Me propongo casarla bien y, a lo que me ha parecido colegir, el no tener con qué casarla os hace en casa retenerla. A cambio del servicio que me hagáis, le daré de mis dineros la dote que vos misma estiméis conveniente para casarla con honra.
A la menesterosa mujer le plugo la oferta, pero como era noble de ánimo, dijo:
—Decidme, señora, qué puedo hacer por vos y, si es honesto, con gusto lo efectuaré y vos haréis lo que os plazca.
Dijo entonces la condesa: