El Decamerón

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Mucha cosa pareció aquélla a la dama, temiendo que se siguieran reproches para su hija. Pero, juzgando honrado procurar que la mujer recuperase a su marido y diciéndose que iba a tender a honesto fin, confió en la buena inclinación de la condesa y le prometió cumplir su deseo. Y de allí a pocos días, con secreta cautela, hizo lo acordado, y recibió el anillo (de lo que sintió el conde mucho pesar), y diestramente, en vez de a su hija puso a Gilita a yacer con el conde. Y en los primeros contactos, afectuosísimamente por el conde buscados, quiso Dios que la mujer quedase embarazada de dos hijos varones, como en el parto, a su tiempo, se manifestó. No solamente una sola vez contentó la dama a la condesa con los abrazos de su marido, sino muchas, aunque tan secretamente que nadie supo nada. Y siempre el conde creía no haber yacido con su mujer, sino con aquélla a la que amaba. Y cuando, por llegar la mañana, había de partir, le daba caras y preciadas joyas, que la condesa guardaba solícitamente. Y luego de que ya se sintió embarazada, no quiso estorbar más a su amiga con tal servicio y le dijo:

—Señora, gracias a Dios y a vos tengo lo que deseaba, de suerte que ya es ocasión de que yo haga por vos lo que os agrade, y me vaya.



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