El Decamerón

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La dama dijo que, si quería agradecerle su servicio con algo, le placería, pero que ella no lo había hecho por esperanza de galardón, sino por parecerle cosa justa.

—Mucho me place eso, señora, y por ello no entiendo daros como galardón lo que me pidáis, sino porque me parece que debe ser así —dijo la condesa.

La dama, constreñida por la necesidad, con grandísima vergüenza, le pidió cien libras para casar a su hija. La condesa, conociendo su vergüenza y oyendo su gentil demanda, le dio quinientas y muchos joyeles preciosos y caros, que valían otras tantas al menos. La dama, más que contenta, con tantas gracias como pudo pagó a la condesa. Y ésta, despidiéndose de ella, se volvió a la posada. La mujer, por quitar a Beltrán de volver ni enviar recados a su casa, marchóse al campo con sus parientes en unión de su hija; y de allí a otro tiempo, Beltrán, reclamado por sus vasallos y sabiendo que la condesa había partido, a su tierra tornó.





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