El Decamerón
El Decamerón Cuando supo la condesa que él había marchado de Florencia e ido a su condado sintióse contentísima y estuvo en Florencia hasta que llegó la hora del parto. Y parió dos hijos varones, muy parecidos a su padre, y mandólos nutrir. Y cuando le pareció tiempo se puso en camino y, sin que nadie la conociera, llegó a Montpellier y allí, tras descansar algunos días, y averiguando dónde estaba el conde, supo que el día de Todos los Santos iba a celebrarse en el Rosellón una gran fiesta a la que asistirían muchas damas y caballeros. Vistióse de peregrina, como solía, y marchó. Y en cuanto tuvo noticia de que damas y caballeros estaban reunidos en el palacio del conde para sentarse a la mesa, sin cambiar de ropa, con sus dos hijos en brazos, subió a la sala y, abriéndose camino entre la gente, se fue al conde, y echándosele a los pies, dijo, llorando:
—Señor, yo soy tu desventurada esposa, la cual, por dejarte retornar a tu casa, largo tiempo ha andado errante. Te suplico por Dios que me cumplas lo que dijiste cuando pusiste a tus dos caballeros la condición que sabes. Mira en mis brazos no sólo un hijo tuyo, sino dos, y he aquí el anillo. Tiempo es ya de que sea como tu mujer recibida, según tu promesa. Pasmado quedó el conde al oír esto, y conoció el anillo, y a los hijos también, por lo mucho que se le parecían, y dijo:
—¿Cómo ha sucedido esto?