El Decamerón

El Decamerón

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Oyéndola la criada hablar, subió por la escalera, ya arreglada por el labrador, y con ayuda de éste llegó al terrado y al ver a su dueña en el suelo, hecho no cuerpo humano, sino calcinado tronco, aguijoneada, abatida y desnuda, rasgóse el rostro con las uñas y sobre ella comenzó a llorar como sobre una muerta. Pero la mujer le rogó por Dios que callase y la ayudara a vestirse; e informándose de que nadie sabía dónde había estado, salvo quienes le llevaron las ropas y el labrador, algo se consoló y rogó al hombre, por Dios, que no dijera nunca nada a nadie de aquel lance. El labrador, tras muchos aspavientos, echóse al hombro a la mujer, que ya no podía andar, y la condujo salva fuera de la torre. La cuitada sirvienta, que se había rezagado, bajó con poco tiento y, cayendo de la escalera, se rompió una pierna. Dejó el labrador a la dama sobre un herbazal y fue a ver qué tenía la criada y la halló con la pierna rota. Llevóla al lado de su señora, la cual, viendo esto como remate de sus males, puesto que se había quebrado una pierna aquella de quien esperaba más ayuda que de nadie, sobremanera dolorida recomenzó dolorosamente su llanto, al punto de que el labrador, amén de no poder consolarla, acabó llorando él también.




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