El Decamerón
El Decamerón —¿Qué haces, mujer?
—¿No lo ves? —repuso ella.
Dijo Zeppa:
—SÃ, y también otra cosa que no hubiera querido.
Y entró en palabras de lo sucedido, y ella, con grandÃsimo temor, después de mucho platicar, habiéndole confesado lo que claramente de su trato con Spinelloccio negar no podÃa, comenzó a llorar y a pedirle perdón. A lo que dijo Zeppa:
—Mal has hecho, mujer, y si quieres que te perdone, haz exactamente lo que yo te mande, que es esto: quiero que digas a Spinelloccio que mañana, a la hora de tercia, busque pretexto para separarse de mà y venir contigo. Y cuando él esté, yo retornaré y tú hazle entrar en esta arca y enciérralo dentro. Una vez hecho eso, ya te diré lo restante que has de ejecutar, y hazlo sin escrúpulos que te prometo no causarte mal alguno.
La mujer, para satisfacerle, prometió hacerlo asÃ, y lo hizo. Al dÃa siguiente, estando juntos Zeppa y Spinelloccio, éste, que habÃa prometido a la mujer del otro ir a aquella hora, dijo a Zeppa:
—Tengo que almorzar esta mañana con un amigo, que no quiero hacer esperar. Queda, pues, con Dios.
—Falta rato para el almuerzo —dijo Zeppa.
—No importa; que he de hablar con él de cierto trato y me conviene ir pronto.