El Decamerón
El Decamerón Era la moza hermosa y bien vestida y, por comparación a las de su clase, resultaba cortés y bien hablada. Y, saliendo un mediodía de su alcoba en enaguas y con el cabello arrollado a la cabeza, fue a lavarse las manos y cara en un pozo que había en el patio de la casa. Llegó en esto Calandrino a buscar agua y la saludó familiarmente. Ella le contestó y empezó a mirar, más por parecerle Calandrino hombre insólito que por otra causa. Calandrino, a su vez, la miró y, pareciéndole bella, empezó a demorarse y no tornaba con sus compañeros ni con el agua; sólo que no encontraba palabras que decir. Ella, notando las miradas del hombre, procuró engatusarle mirándole de vez en cuando y exhalando algún suspirillo, con lo que Calandrino se prendó de ella repentinamente. Y apenas salió del patio, Felipe llamó a la joven a la alcoba. Calandrino, ya de vuelta al tajo, no hacía más que suspirar. Advirtiólo Bruno, que jamás dejaba de observarle por lo mucho que le solazaban sus actos, y dijo:
—¿Qué diablos tienes, cofrade Calandrino? No haces más que suspirar.
A lo que Calandrino dijo:
—Cofrade, si tuviera quien me ayudase, ¡qué bien me iría!
—¿Cómo? —dijo Bruno.
A lo cual Calandrino dijo: