El Decamerón

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—¡Sí, demonio! Dile primero que quiero mojarla mil veces con eso que es tan bueno para impregnarse, y, además, que soy su servidor y que si quiere algo. ¿Me has entendido bien?

Dijo Bruno:

—Sí y déjame hacer.

Llegada la hora de la cena, y habiendo dejado la obra y bajado al patio, donde estaban Felipe y Nicolasa, todos comenzaron a procurar hacer servicio a Calandrino. Miraba Calandrino a Nicolasa con tan insólitos aspavientos, que un ciego hubiese reparado en su chochera. Por su parte, ella hacía todo lo posible por excitarlo, y, ya, informada por Bruno, se divertía inmensamente con las extravagancias de Calandrino. Felipe fingía razonar con Buffalmacco y los demás y no reparar en nada. Pero, tras un espacio, los pintores, con gran enfado de Calandrino, hubieron de partir, y camino de Florencia dijo Bruno a Calandrino:

—La has hecho derretirse como el hielo al sol. ¡Cuerpo de Dios! Creo que si tomases tu mandolina y le cantaras algunos cantares amorosos, sería capaz de tirarse por la ventana para reunirse contigo.

Dijo Calandrino:

—¿Te parece, cofrade, que lleve el instrumento?

—Sí —repuso Bruno.

A lo que Calandrino dijo:


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