La Consolación de la filosofía
La Consolación de la filosofía 13.– Yo, que con la vista turbada por las lágrimas no podía distinguir quién fuese aquella mujer de tan soberana autoridad, sobrecogido de estupor, fijos los ojos en tierra, aguardé en silencio lo que ella hiciera.
14.– Entonces, acercándose más, se sentó al borde de mi lecho; y al contemplar mi rostro apesadumbrado y abatido por el dolor, lamentóse en estos versos de la causa que turbaba mi espíritu.
“¡Ah! ¡Cómo se agita la mente en el fondo del abismo en que se halla sumergida! Y abandonando su propia luz, ¡cómo se precipita hacia la tiniebla exterior, cuando siente en sí misma una angustia mortal, acrecida hasta lo infinito por el hálito de las cosas terrenales!
”Este pobre mortal gozó un tiempo de omnímoda libertad; para él el cielo no guardaba secretos; acostumbrado a caminar por los senderos del firmamento, observaba los dorados rayos del sol, seguía atento las fases de la helada luna, había vencido a las estrellas, sujetando a número sus errantes revoluciones dentro de órbitas cerradas.