El aliento de los dioses
El aliento de los dioses —¿Tienes idea de lo cerca que estuviste de morir? —continuó él, inclinándose con despreocupación.
—Déjame en paz —gruñó ella, poniéndose en pie.
Sondeluz suspiró, sacudiendo la cabeza.
—Sigues sin entenderlo. La resistencia nunca fue tu aliada. Solo eras útil mientras servías a sus intereses. Igual que lo eres para Idris.
Vivenna sintió un nudo en la garganta. Sabía que tenía razón.
Pero no estaba lista para admitirlo.
En la fortaleza del Rey-Dios, Siri se encontraba en una situación igual de peligrosa.
Había empezado a comunicarse con Susebron, su esposo en la sombra, usando su cabello cambiante y pequeños gestos. Lo suficiente para comprender la verdad: él no tenía poder.
Los sacerdotes eran los verdaderos gobernantes.
Y si descubrían que Siri estaba comenzando a entender demasiado, la harían desaparecer.
Esa noche, cuando se encontró con Susebron en la penumbra de sus aposentos, sus ojos reflejaban la misma determinación que ardía dentro de ella.
—Nos van a matar —susurró ella.
El Rey-Dios sostuvo su mirada.
Y luego asintió.