El aliento de los dioses
El aliento de los dioses Siri sintió que algo dentro de ella cambiaba. Durante semanas había temido a este hombre, a esta criatura supuestamente divina. Pero ahora, al verlo allí, vulnerable en su trono dorado, algo nuevo surgió en su interior: curiosidad.
—¿Por qué nadie lo sabe? —preguntó.
El Rey-Dios la observó un instante antes de inclinar la cabeza, como si le pidiera paciencia.
Esa noche, Siri supo que su estancia en Hallandren no sería lo que esperaba.
Vivenna se movía por los callejones de la ciudad, cada día más involucrada con la resistencia. Había aprendido a moverse sin ser vista, a escuchar las conversaciones en los mercados, a manipular a los comerciantes para obtener información.
Pero había alguien más en las sombras.
Sondeluz, un Retornado que se burlaba de su propio estatus divino, la observaba desde la distancia. Había algo intrigante en la princesa idriana, en su manera de caminar con un propósito que la mayoría en Hallandren había olvidado.
—Eres una mujer interesante —dijo una noche, apareciendo de la nada frente a ella.
Vivenna dio un paso atrás, su mano buscando la daga que llevaba oculta.
—¿Quién eres?
Sondeluz sonrió con descaro.