Agnes Grey

Agnes Grey

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Una o dos veces me atreví a discutir seriamente con ella aquella conducta tan irracional y, en ambas ocasiones, recibí tales reconvenciones de su madre que me convencí de que, si quería conservar mi empleo, debía dejar que la señorita Matilda hiciera lo que se le antojase.

No obstante, con el fin de sus lecciones llegaba también el final de su malhumor. Cuando montaba su brioso poni o jugueteaba con los perros o con sus hermanos, especialmente con su querido hermano John, parecía tan feliz como un pájaro.

Como ser irracional, Matilda era perfecta: estaba llena de vida, de vigor y de actividad; como ser pensante, era de una ignorancia mayúscula, indócil, descuidada e ilógica; una verdadera desesperación para alguien cuya misión consistía en cultivar su inteligencia, reformar sus modales y ayudarla a adquirir esas cualidades ornamentales que, a diferencia de su hermana, despreciaba tanto como todo lo demás.






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