Agnes Grey
Agnes Grey Su madre reconocía sus deficiencias solo a medias y me sermoneaba a menudo sobre la forma en que debía educar sus gustos, estimular y hacer despertar en ella su latente vanidad, llamar su atención sobre los objetos deseados por medio de insinuaciones y sutiles halagos que yo no estaba dispuesta a hacer, o allanar el camino del conocimiento para que aprendiese sin tener que poner nada de su parte; algo imposible, pues nada puede aprenderse de verdad si el alumno no tiene que hacer algún esfuerzo por pequeño que éste sea.
En su aspecto moral, era atolondrada, testaruda, violenta e imposible de hacer entrar en razón. Una prueba de su deplorable estado era que, siguiendo el ejemplo de su padre, había aprendido a blasfemar como un carretero.
Su madre se sentía horrorizada por aquel defecto «tan impropio de una señorita» y se preguntaba «cómo podía haberlo adquirido».
—Pero usted la corregirá enseguida, señorita Grey —me decía—. Es solo un hábito y, si usted tiene el cuidado de llamarle la atención con delicadeza siempre que lo haga, estoy segura de que pronto abandonará esa costumbre.