Agnes Grey

Agnes Grey

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Si alguno de mis alumnos prefería ir de paseo y llevarme consigo, me alegraba; pues, de otro modo, me tocaba ir apretujada en un rincón del carruaje, lejos de la ventanilla abierta y dando la espalda a los caballos, lo cual siempre me mareaba. Y cuando no me veía obligada a salir de la iglesia en mitad del servicio, un sentimiento de languidez y malestar y el terrible miedo a sentirme peor perturbaban mis rezos; un fuerte dolor de cabeza me acompañaba durante el resto del día, que de otra forma hubiera sido tranquilo, descansado y devoto.

—Es extraño, señorita Grey, que el coche siempre la maree. A mí nunca me pasa —comentaba la señorita Matilda.

—A mí tampoco —decía su hermana—. Pero me parece que me pasaría lo mismo si tuviese que sentarme donde se sienta ella. ¡Qué sitio tan horrible e incómodo! ¡Me pregunto cómo puede soportarlo!

«Estoy obligada a soportarlo, porque no tengo otra elección», podría haber contestado, pero correspondiendo a sus buenos sentimientos, me limitaba a decir:

—¡Oh, es un camino muy corto! Si no fuera porque luego me siento indispuesta en la iglesia, no me importaría.


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