Agnes Grey

Agnes Grey

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Fue muy reconfortante, en verdad, escuchar un sermón como aquél, acostumbrada como estaba a los secos y prosaicos discursos del anterior vicario, y a las todavía menos edificantes arengas del rector, quien avanzaba majestuosamente por el pasillo de la iglesia —o, mejor, lo barría como un torbellino, con su rica túnica de seda flotando tras él— y se subía al púlpito como un conquistador en su carro triunfal. Luego, hundiéndose en el almohadón de terciopelo con estudiada elegancia, permanecía en silenciosa postración durante cierto tiempo; para, después, musitar algo sobre una colecta y canturrear el padrenuestro, levantarse, quitarse uno de sus guantes, de forma que la congregación pudiese admirar sus resplandecientes anillos, pasarse ligeramente los dedos por sus bien rizados cabellos, esgrimir un pañuelo de holanda, recitar un corto pasaje o, quizá, una mera frase de las Escrituras, como base de su discurso, y terminar por pronunciar una plática que, como plática, tal vez podría considerarse buena, pero demasiado estudiada y artificial para complacerme. La tesis estaba bien construida, argumentaba con lógica, y, sin embargo, muchas veces era difícil escucharle sin sentir ligeras muestras de desaprobación o impaciencia.




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