Agnes Grey
Agnes Grey Escuchándole, me sentía inclinada a creer en la sinceridad de sus palabras; quizá había cambiado sus opiniones y se había convertido en un hombre decididamente religioso, sombrío y austero, aunque devoto; pero estas ilusiones se disipaban normalmente al salir de la iglesia, cuando escuchaba su voz en animado coloquio con algún Meltham o Green, o con los mismos Murray probablemente riéndose de su propio sermón, esperando haber dado a los picaros algo sobre lo que pensar; quizá, acariciando la idea de que la vieja Betty Holmes dejaría su pecaminosa costumbre de fumar en pipa, su placer cotidiano durante más de treinta años; que George Higgins lo pensaría dos veces antes de volver a dar uno de sus paseos dominicales nocturnos; o que la conciencia de Thomas Jackson se vería atormentada y perdería la esperanza de alcanzar una feliz resurrección después de muerto.
Así, no pude por menos de concluir que el señor Hatfield era uno de esos que «atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas[5]», e invalidan el mandamiento de Dios por su propia tradición «enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres[6]». Me alegré mucho de observar que, hasta donde podía ver, el nuevo vicario no se le parecía en ninguno de estos aspectos.