Agnes Grey
Agnes Grey —Bien, señorita Grey, ¿qué piensa de él ahora? —dijo la señorita Murray, mientras nos acomodábamos en el coche, después del servicio.
—Nada malo todavÃa —contesté.
—¡Nada malo! —repitió ella, perpleja—. ¿Qué quiere decir?
—Quiero decir que no pienso en peores términos de él de lo que hacÃa antes.
—¡En peores términos! ¡Eso espero… más bien confÃo en que piense todo lo contrario! ¿No ha mejorado muchÃsimo?
—¡Oh, sÃ, muchÃsimo! —repliqué, porque acababa de darme cuenta de que era de Harry Meltham de quien hablaba y no del señor Weston. Aquel joven caballero se habÃa adelantado, anhelante, a hablar con las jóvenes (cosa que muy difÃcilmente se hubiera atrevido a hacer de haber estado su madre presente), las habÃa ayudado a subir al coche cortésmente (sin intentar dejarme fuera, como el señor Hatfield, aunque tampoco me habÃa ofrecido su ayuda, que yo hubiese rechazado de haberlo intentado); se habÃa quedado junto al coche, tanto tiempo como la puerta permaneció abierta, sonriendo con afectación y charlando con ellas, para terminar saludándolas con el sombrero y marchándose a su casa, sin que yo le hubiera prestado la menor atención.