Agnes Grey
Agnes Grey Mientras el coche avanzaba, mis compañeras, mucho más observadoras, discutÃan entre ellas no solo sobre su aspecto, palabras y actos, sino sobre todos y cada uno de los rasgos de su cara y prendas de su atuendo.
—¡No dejaré que lo acapares todo para ti, Rosalie! —dijo la señorita Matilda, al final de la discusión—. Me gusta y sé que serÃa un compañero bueno y alegre para mÃ.
—Bueno, Matilda, por mà puedes quedártelo —replicó su hermana, en tono de fingida indiferencia.
—Además, estoy segura —continuó la otra— de que me admira tanto como a ti, ¿no es verdad, señorita Grey?
—No lo sé. No conozco sus sentimientos.
—Bueno, ¡pues es como le digo!
—¡Mi querida Matilda! Nadie se enamorará de ti hasta que no consigas librarte de esos modales tan vulgares.
—¡Basura! A Harry Meltham le gustan, igual que a los amigos de papá.
—Está bien, puedes cautivar a los viejos y a los benjamines. Pero estoy segura de que nadie más se prendará de ti.
—No me importa. No me paso el dÃa pensando en el dinero como mamá y como tú. Con que mi marido pueda mantener unos cuantos perros y buenos caballos, me sentiré satisfecha, ¡lo demás que se vaya al diablo!