Agnes Grey

Agnes Grey

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—Tengo miedo de los guardabosques —me dijo—. No paro de darle vueltas. Si los señoritos estuvieran aquí, podría pensar que habían soltado a los perros para asustarla, ¡pobrecita! ¡Y lo han hecho tantas veces! Pero al no estar…, la verdad es que no sé qué pensar.

La vista de Nancy había mejorado algo, pero no estaba ni mucho menos bien. Había intentado coserle a su hijo una camisa para los domingos, pero me confesó que, como solo podía dar unas puntadas de vez en cuando, el trabajo era muy lento, ¡y el pobre muchacho la necesitaba tanto! De modo que me ofrecí a ayudarla, después de leerle un rato, pues disponía de mucho tiempo libre aquella tarde y podía quedarme hasta que oscureciera. Aceptó mi oferta con muestras de profundo agradecimiento.

—Y así también me hará un poco de compañía, señorita —dijo—, porque me siento tan sola sin mi gata…

Había terminado de leer y hecho la mitad de una costura, con el dedal de Nancy ajustado a mi dedo con un poco de papel, cuando la entrada del señor Weston, llevando a la gata en sus brazos, interrumpió mi labor. Era la primera vez que le veía sonreír, y de manera muy agradable, por cierto.

—Creo que he hecho algo bueno por usted. Y veo que, aparte de mí, alguien más le ha estado leyendo —dijo, mirando hacia el libro que estaba sobre la mesa.


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