Agnes Grey

Agnes Grey

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Mi regreso —a pie, con las señoritas, o en coche, con sus padres— dependía enteramente de su capricho. Si decidían «llevarme», iba a pie; si, por razones solo por ellas conocidas, decidían ir solas, tomaba asiento en el coche sin rechistar.

Yo prefería ir a pie; pero, como lo último que quería era imponer mi presencia a ninguna de las dos, adoptaba una actitud pasiva en estas y otras ocasiones parecidas. Nunca preguntaba por las causas que motivaban sus caprichosos cambios de ideas y creo que esto era lo mejor que podía hacer: el deber de la institutriz era agradar y someterse; el de las alumnas, limitarse a hacer lo que les venía en gana.

Pero, incluso cuando volvía a pie, la primera parte del camino se convertía en una especie de tormento para mí. Como ninguna de las personas que acabo de mencionar —ni señoritas, ni caballeros— me prestaba la menor atención, me resultaba desagradable caminar a su lado, como si pretendiera escuchar lo que decían o deseara formar parte del grupo, cuando las palabras de los que hablaban saltaban, por encima de mí, en todas direcciones; y si, en la conversación, los ojos de alguien se encontraban con los míos por casualidad, parecían quedarse mirando al vacío, como si no me vieran o hicieran todo lo posible por aparentarlo.


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