Agnes Grey

Agnes Grey

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Su hermana pareció un poco ofendida, pero los hechos demostraron que Matilda tenía razón. El amante desdeñado cumplió con sus deberes pastorales como de costumbre. Rosalie afirmó que estaba muy pálido y abatido; es posible que estuviese un poco más pálido de lo habitual, pero la diferencia, de existir, era apenas perceptible. En cuanto a su abatimiento, es cierto que no escuché su risa en la sacristía, como de costumbre; tampoco oí su voz en aquellos hilarantes coloquios suyos, aunque en una ocasión le echó una reprimenda al sacristán que hizo que la congregación entera se volviese a mirar; y, en su ir y venir del púlpito a la mesa petitoria, hubo más solemne pompa y menos de aquella irreverente, confiada, o, mejor, complaciente arrogancia con la que habitualmente se abría paso, ese aire que parecía decir: «Ya sé que todos me reverenciáis y adoráis. Desafío a quien no lo haga».

Pero el cambio más notable fue que sus ojos no se dirigieron, ni una sola vez, al banco de los Murray, y que no salió de la iglesia hasta que éstos no se hubieron marchado.





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