Agnes Grey
Agnes Grey Le dije que no encontraba ninguna diversión en aquellas cosas, aunque tuve que admitir que no me habÃa fijado demasiado en lo que sucedÃa.
—¿No vio cómo se encogÃa, muerta de miedo, como una liebre vieja? ¿No la oyó chillar?
—Me alegra decir que no.
—Gritaba como un niño.
—¡Pobrecita! ¿Qué va a hacer con ella?
—Vamos… La dejaré en la primera casa que encontremos. No quiero llevarla a casa por miedo a que papá me riña por haber dejado que el perro la matara.
El señor Weston se despidió de nosotras y proseguimos nuestro camino. Pero al regresar, después de haber dejado la liebre en una granja y recibido un trozo de pastel y licor de grosella a cambio, volvimos a encontrarlo.
Llevaba un ramito de preciosas campánulas en la mano, que me ofreció, con una sonrisa, comentando que, aunque me habÃa visto tan poco en los dos últimos meses, no habÃa olvidado que las campánulas se contaban entre mis flores favoritas.