Agnes Grey

Agnes Grey

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Aquel gesto me pareció un acto de simple amabilidad, exento de toda intención galante, sin una mirada que pudiera interpretarse como «tierna y reverencial adoración» (véase señorita Murray); pero, aun así, resultaba agradable que recordase tan bien un simple comentario mío; resultaba agradable que recordase con tanta precisión el lapso de tiempo en el que yo había estado «desaparecida».

—Me han dicho que es usted un verdadero ratón de biblioteca, señorita Grey —comentó él—, y que se abstrae de tal forma en sus estudios que no piensa en ninguna otra cosa.

—¡Y es la verdad! —exclamó Matilda.

—No, señor Weston, no lo crea. Es una calumnia. Estas señoritas son muy aficionadas a emitir juicios caprichosos a expensas de sus amistades, y no debería tomarlas muy en serio.

—Confío en que en este caso sea así.

—¿Por qué? ¿Le parece mal que las mujeres estudien?

—No, pero no me parece bien que alguien, sea hombre o mujer, se vuelque de tal forma en el estudio que no tenga ojos para nada más. Excepto en casos muy particulares, creo que la dedicación constante al estudio es una pérdida de tiempo y que daña al espíritu tanto como al cuerpo.


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