Agnes Grey
Agnes Grey —Bueno, yo no tengo ni el tiempo ni la inclinación necesarios para hacer tal cosa.
Nos separamos de nuevo.
Y bien… ¿qué hay de particular en todo esto? ¿Por qué lo he referido aquí? Porque, lector, aquello fue lo suficientemente importante para mí como para depararme una tarde alegre, una noche de sueños agradables y una mañana de maravillosas esperanzas. Alegría sin fundamento, locos sueños, vanas esperanzas… dirá quien me lea, y no me atrevería a negarlo, pues yo misma lo pensé muchas veces. Pero nuestros deseos son como la yesca: el pedernal y el acero de las circunstancias arrancan chispas que enseguida se desvanecen, a menos que éstas caigan sobre esa yesca de nuestros deseos; cuando esto sucede, las chispas se inflaman y la llama de la esperanza se enciende.
Pero, ¡ay!, aquella misma mañana, la vacilante llama de mi esperanza se apagó bruscamente con una carta de mi madre, en la cual me informaba de que la salud de mi padre había empeorado seriamente, y temí que hubiera poca o ninguna esperanza de recuperación; y, a pesar de lo próximas que estaban mis vacaciones, temblé al pensar que éstas llegaran demasiado tarde para verle aún con vida. Dos días después, una carta de mi hermana Mary me informaba de que su vida se extinguía y que el fin parecía inminente.