Agnes Grey
Agnes Grey »Tráeme la escribanÃa, Agnes… Voy a contestar esta carta inmediatamente… Pero, antes, como es posible que os prive a ambas de una herencia, quiero deciros cuál es mi respuesta. Pienso decirle que está equivocado al suponer que puedo lamentar el nacimiento de mis hijas, que son el orgullo de mi vida y serán el consuelo de mi vejez, o de los treinta años que he pasado junto al mejor de los maridos; y que, incluso si nuestras desgracias hubiesen sido tres veces más grandes de lo que han sido, a no ser que yo hubiera sido la responsable de ellas, me habrÃa sentido dichosa de compartirlas con vuestro padre y de haberlas enfrentado tan bien como hubiese podido; y que, incluso si los sufrimientos que padeció durante su enfermedad hubieran sido diez veces mayores, no podrÃa lamentar haberle cuidado e intentado aliviarlos; que las desgracias y los sufrimientos que tuvo que padecer hubieran sido los mismos de haberse casado con una mujer más rica, pero que soy lo bastante egoÃsta como para creer que ninguna otra mujer habrÃa podido aliviarlos como yo lo hice, y no por ser superior a las demás, sino porque habÃamos nacido el uno para el otro; y que no puedo arrepentirme de las horas, los dÃas y los años de felicidad que hemos vivido juntos, una felicidad que ninguno de los dos habrÃa podido tener sin el otro; y que haber sido su enfermera durante su enfermedad y el consuelo de su aflicción no ha sido para mà sino un privilegio. ¿Os parece bien, hijas, o deberÃa decirle que lamento mucho lo sucedido durante los últimos treinta años, y que mis hijas desearÃan no haber nacido nunca, pero que ya que han tenido esta desgracia estarÃan agradecidas de recibir cualquier limosna que su abuelito tenga a bien otorgarles?