Agnes Grey
Agnes Grey Me di cuenta, es cierto, de que esperaba que me maravillase ante la magnificencia que la rodeaba, y debo confesar que me molestaron mucho sus evidentes esfuerzos por darme confianza y evitar que me sintiera abrumada por aquel esplendor, asustada por encontrarme con su marido o su suegra o avergonzada por mi humilde aspecto. Yo no me sentía en absoluto avergonzada —aunque mis vestidos fueran humildes, me había cuidado bien de que estuvieran presentables— y me habría sentido mucho más cómoda si mi condescendiente anfitriona no se hubiera molestado tanto en recordármelo; en cuanto a la magnificencia que la rodeaba, nada de lo que vi me produjo asombro o una impresión tan grande como verla tan cambiada.
Fuera por la influencia de la vida disipada que había llevado o por efecto de cualquier otra cosa negativa, doce meses habían operado en ella un cambio que, en circunstancias normales, hubiera requerido igual número de años para producirse, adelgazándola, restando frescura a su cutis, vivacidad a sus movimientos y exuberancia a su carácter.
Yo deseaba saber si era desgraciada, pero pensé que no era asunto de mi incumbencia. Podía intentar ganarme su confianza, pero si ella había elegido no contarme sus problemas matrimoniales, no iba a ser yo quien la importunara con preguntas incómodas.