Agnes Grey
Agnes Grey En un principio, por tanto, me limité a preguntarle por su salud y su felicidad, e hice algunos elogios sobre la belleza del parque y de la niña —que debÃa haber sido un niño—, una delicada criaturita de siete u ocho semanas, a quien su madre parecÃa contemplar sin demasiado interés ni afecto; digamos que como cabÃa esperar de ella.
Poco después de mi llegada, le encargó a la doncella que me acompañara a mi habitación y se asegurase de que tenÃa todo lo que necesitaba. Era un cuarto pequeño y sencillo, pero bastante cómodo.
Cuando bajé de nuevo —después de cambiarme de ropa y de arreglarme en consideración a mi anfitriona—, ésta me condujo a la habitación que podÃa ocupar cuando desease estar sola, tuviese ella visitas, se viese obligada a estar con su suegra, o siempre que prefiriese, según sus palabras, «librarme del placer de su compañÃa». Se trataba de un pequeño salón, tranquilo y ordenado, y no me desagradó contar con un refugio como aquél.