Agnes Grey
Agnes Grey —Y, ahora, venga al salón —me dijo—. Ahà está la campana que avisa para vestirse. Pero todavÃa no quiero ir, no tiene mucho sentido vestirse cuando no hay nadie que te vea. Además, quiero tener una pequeña charla.
El salón era una dependencia realmente imponente y estaba amueblado con mucha elegancia, pero me di cuenta de que su joven dueña me miraba de reojo al entrar, como si quisiera saber qué impresión me causaba aquel espectáculo, y decidà mantener un aspecto de absoluta indiferencia, como si no viera en él nada que me llamara la atención. Pero solo fue por un momento. Enseguida la conciencia me susurró: «¿Por qué desilusionarla para salvar mi orgullo? No, sacrificaré mi orgullo para darle un pequeño e inocente placer». Miré entonces a mi alrededor con humildad, y le dije que era un salón noble y que estaba amueblado con mucho gusto. Ella hizo un leve comentario, pero me di cuenta de que se sentÃa halagada.