Agnes Grey

Agnes Grey

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Me enseñó su orondo perrito de lanas francés, que estaba acurrucado sobre un almohadón de seda, y los dos bellos cuadros italianos, que, sin embargo, no me dejó examinar. Me dijo que lo dejara para otro día e insistió en que admirase el pequeño reloj adornado con piedras preciosas que había traído de Ginebra. Luego, me hizo recorrer la habitación para mostrarme otros artículos valiosos que había importado de Italia: un precioso reloj con cronómetro, varios bustos y delicadas figurillas y jarrones, todos ellos tallados en mármol blanco. Hablaba de estos objetos animadamente y escuchaba mis comentarios de admiración con una sonrisa de placer. Sin embargo, la sonrisa se desvaneció enseguida y dio paso a un suspiro melancólico, como si hubiera pensado en la escasa influencia que aquellas fruslerías tenían en la felicidad del corazón humano y en su total incapacidad para colmar las insaciables demandas de éste.

Luego, tendiéndose en un sofá, me señaló un amplio sillón que estaba frente a éste —no junto al fuego, sino al lado de un gran ventanal abierto (recordemos que era verano; una agradable y calurosa tarde de últimos de junio)— y me senté en él, guardando silencio durante un momento y disfrutando del aire puro y de la deliciosa vista del parque que se extendía ante mí, de exuberante follaje y verdor, y acariciado por el dorado resplandor de una puesta de sol que proyectaba sombras alargadas.


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