Agnes Grey
Agnes Grey —¡Ah! El señor Green tiene roto el corazón —contestó con una lánguida sonrisa—. Debe saber que no se ha recuperado todavÃa de la decepción, y supongo que no lo hará nunca. Está condenado a ser un viejo solterón. En cuanto a sus hermanas, hacen todo lo posible por casarse.
—¿Y los Meltham?
—Supongo que seguirán como siempre. Sé muy poco de ellos, excepto de Harry —dijo, sonrojándose un poco. Y, sonriendo de nuevo, añadió—: Le vi mucho cuando estábamos en Londres; porque, en cuanto se enteró de que estábamos allÃ, se presentó con el pretexto de visitar a su hermano, y no sé si me seguÃa como una sombra o nos encontrábamos por casualidad, pero el caso es que me topaba con él en cada esquina. Pero no tiene por qué poner esa cara de espanto, señorita Grey: me comporté con gran discreción, se lo aseguro. Lo que no puedo es evitar que me admiren. ¡Pobrecillo! No fue el único admirador que tuve, pero sà el más constante, y quizá el más fiel de todos. Y este detestable… bueno, sir Thomas decidió ofenderse y, con la excusa de mis gastos excesivos o de mi yo que sé, me mandó inmediatamente al campo, con dos minutos de aviso. Supongo que me tocará vivir aquà como una monja de por vida.
Se mordió el labio y frunció el ceño, dirigiendo una mirada vengativa hacia la bella posesión que una vez tanto ambicionó.