Agnes Grey

Agnes Grey

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—La gente protestó mucho por su marcha —continuó—, para gran disgusto del señor Hatfield, a quien no le caía muy bien: porque tenía demasiada influencia en la gente del pueblo, porque no era tan sumiso como a él le hubiera gustado y por otros pecados imperdonables que no conozco. Ahora sí que tengo que dejarla para ir a cambiarme. La segunda campana está a punto de sonar y, si voy a comer como estoy vestida, tendré que oír un larguísimo sermón de lady Ashby. ¡Es tan extraño eso de que una no pueda comportarse como la dueña de su propia casa! Toque la campanilla y le enviaré a mi doncella. Y pida que le traigan un poco de té. Solo pensar en esa mujer insoportable…

—¿Quién? ¿Su doncella?

—No, mi suegra… ¡Qué error cometí! En vez de dejar que se retirara a otra casa, como se ofreció a hacer cuando me casé, fui tan tonta como para pedirle que se quedara aquí y llevara la casa. Y es que, en primer lugar, yo creía que pasaríamos la mayor parte del año en la ciudad, y en segundo, siendo tan joven e inexperta, me asustaba la idea de tener que encargarme de una casa con tanto servicio, de las comidas, de las fiestas y de todo lo demás. Pensé que me ayudaría con su experiencia, sin pensar por un momento que se convertiría en una usurpadora, en una tirana, en una pesadilla, en una espía y en todas las cosas detestables que existen. ¡Ojalá se muriese!


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