Agnes Grey

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Se volvió entonces para dar órdenes al lacayo, que había estado esperando, erguido, junto a la puerta durante el último minuto, y había oído la última parte de sus recriminaciones, sin duda sacando sus propias conclusiones del asunto, aunque conservara aquel rostro imperturbable que debía considerar adecuado para el salón.

Al comentarle, después, que debía de haberla oído, me contestó:

—¡Oh, no importa! Nunca me preocupo de los lacayos. Son meros autómatas. Para ellos no tiene importancia lo que sus amos dicen o hacen; no se atreverían a decírselo a nadie. En cuanto a lo que piensan, si es que piensan en absoluto, naturalmente no le interesa a nadie. ¡Vaya cosa sería que tuviéramos que mordernos la lengua por los criados!

Dicho esto, salió corriendo para arreglarse, dejando que encontrara por mí misma el cuarto donde, un poco más tarde, me sirvieron una taza de té. Después, me puse a pensar en la pasada y en la presente situación de lady Ashby; en la poca información que había obtenido sobre el señor Weston y en las escasas posibilidades que tenía de verle o de saber algo de él durante el resto de mi triste y monótona vida; la cual, de ahí en adelante, no parecía ofrecerme otra alternativa que días lluviosos o interminables días nublados.


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