Agnes Grey
Agnes Grey Finalmente, comencé a cansarme de mis pensamientos y pensé en buscar la biblioteca de la que me había hablado mi anfitriona, preguntándome si tendría que quedarme allí, sin hacer nada, hasta la hora de acostarme.
Como mis medios no me permitían tener un reloj, solo podía calcular el paso del tiempo observando el lento avanzar de las sombras desde la ventana, a través de la cual veía un rincón del parque, una hilera de árboles cuyas ramas más altas estaban llenas de ruidosos grajos y un alto muro, con una puerta grande de madera, que sin duda comunicaba con el patio de los establos, pues vi pasar por ella un carruaje. La sombra proyectada por este muro pronto se apoderó del rincón del parque, hasta donde me era posible ver, obligando a retroceder la luz dorada del sol, centímetro a centímetro, y a buscar refugio en las copas de los árboles. Finalmente, éstas también se sumieron en las sombras, las sombras de las colinas distantes o de la tierra misma. Simpatizando con aquella activa sociedad de grajos, lamenté ver su morada —minutos antes bañada por la gloriosa luz— reducida al sombrío tinte del mundo inferior, mi propio mundo.
Las aves que, separándose de las demás, remontaban el vuelo recibían aún los últimos reflejos del sol, que daban a su negro plumaje el brillo y el matiz del oro rojo.