Agnes Grey

Agnes Grey

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El crepúsculo llegó a hurtadillas, los grajos guardaron silencio, y yo, cada vez más cansada, deseé poder marcharme a mi casa al día siguiente.

Por fin llegó la oscuridad y estaba a punto de llamar para pedir una vela y marcharme a la cama cuando apareció mi anfitriona, disculpándose por haberme abandonado tanto tiempo y responsabilizando de ello a esa «horrible vieja», como llamaba a su suegra.

—Si no me quedo sentada con ella en el salón, mientras sir Thomas toma su copa de vino —me dijo—, no me lo perdona. Y si salgo de la habitación cuando él entra, como he hecho una o dos veces, lo considera una terrible ofensa hacia su querido hijo. Dice que ella nunca fue irrespetuosa con su marido, y que las mujeres de ahora parecen no preocuparse de ese signo de afecto, pero que las cosas eran diferentes en su época… Como si hubiese algo de bueno en quedarse en la habitación cuando él no hace sino refunfuñar y quejarse si está de mal humor, decir tonterías si está de buenas, o tumbarse a dormir en el sofá, si no puede hacer ni lo uno ni lo otro, que es lo que pasa más a menudo, porque lo único para lo que sirve es para beber vino.

—Pero ¿no podría intentar distraerle con algo mejor para apartarlo de esos hábitos? Estoy segura de que tiene poder de persuasión e ingenio suficientes para distraer a ese caballero que tantas damas suspirarían por tener.


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