Agnes Grey
Agnes Grey Naturalmente, no quería despertar a mi madre, de forma que bajé las escaleras sin hacer ruido y abrí la puerta con cuidado. Cuando el reloj de la iglesia marcaba un cuarto para las seis, me encontraba ya vestida y fuera de la casa.
Las calles estaban llenas de un frescor vigorizante y cuando dejé atrás la ciudad y puse los pies sobre la arena de la playa, de cara a la anchurosa y brillante bahía… no hay palabras que puedan describir el efecto del intenso y claro azul del cielo y del océano, la luz de la mañana en la barrera semicircular de escarpados acantilados, rodeados de colinas verdes, y la suavidad y la amplitud de la arena, los islotes de rocas, cubiertas de musgo y algas, como pequeñas islas de hierba… y, sobre todo, las brillantes y espumantes olas.
¡Imposible describir la frescura y pureza del aire! El calor era delicioso; esa perfecta temperatura que hace de la brisa una caricia, la justa medida de aire para mantener el mar en movimiento y hacer que las olas rompan en la orilla, produciendo espuma, como si estuvieran alegres. Ninguna otra cosa se movía, ningún otro ser a la vista, solo yo. Mis pisadas eran las primeras que hollaban aquella arena virgen; ninguna señal sobre ellas desde que la última marea borrara las marcas más profundas del día anterior, y la dejara lisa y uniforme, salvo en las partes en que el agua había dejado algunos charcos y pequeños arroyos.