Agnes Grey
Agnes Grey Refrescada y vigorizada por la brisa, feliz, caminaba por la playa, olvidando todas mis preocupaciones, como si mis pies tuvieran alas y pudiese caminar cuarenta millas sin fatiga, y experimentando una sensación de entusiasmo que no recordaba desde los días de mi juventud. Sobre las seis y media, sin embargo, comenzaron a hacer su aparición los mozos de cuadra que llevaban a pasear a los caballos de sus amos; primero uno, luego otro… y así hasta varias docenas de caballos y cinco o seis jinetes. Pero no me molestaba, ya que se mantenían alejados de las rocas hacia las que yo me dirigía. Cuando llegué a éstas, y después de andar sobre las algas húmedas y resbaladizas (arriesgándome a caer en uno de los numerosos charcos de agua clara y salada que se habían formado entre éstas) hasta un pequeño y musgoso promontorio alrededor del cual batían las olas, me volví para ver si había alguien más. Todavía no se veía más que a los mozos de cuadra, un caballero con un perrito negro, que parecía una mancha y correteaba delante de él, y un carro de agua que salía de la ciudad llevando agua para los baños. Un minuto o dos más tarde las máquinas del balneario se ponían en movimiento, y el anciano caballero de hábitos regulares y las damas cuáqueras salían a dar sus saludables paseos matutinos.