Agnes Grey
Agnes Grey Casi tan contenta como él, cogí al animalito entre mis brazos y comencé a besarlo repetidas veces. Pero ¿cómo había llegado hasta allí? No podía haber caído del cielo o haber recorrido solo aquel largo trayecto. Debía de estar con su amo, el trampero, o con otra persona que lo hubiera llevado hasta allí. De forma que, reprimiendo mis exultantes caricias e intentando reprimir también las suyas, miré a mi alrededor y me encontré… ¡con el señor Weston!
—Su perro se acuerda muy bien de usted, señorita Grey —dijo, tomando la mano que le ofrecí sin saber claramente lo que hacía—. Se levanta usted temprano.
—No siempre tan temprano como hoy —contesté, con sorprendente compostura, teniendo en cuenta las circunstancias.
—¿Hasta dónde piensa prolongar su paseo?
—Estaba pensando en regresar. Me parece que debe de ser ya la hora.
Consultó su reloj, esta vez era uno de oro, y me dijo que eran solo las siete y cinco.
—Pero, sin duda, ha dado usted ya un paseo bastante largo —dijo, mirando hacia la ciudad, a la cual comencé a dirigir mis pasos lentamente.
Él se puso a andar a mi lado.
—¿En qué parte de la ciudad vive? —me preguntó—. Nunca lo he podido averiguar.